Biografía personal

Nací en Castellón un cinco de agosto de la década de los sesenta, aunque por poco me trae la cigüeña a Ceuta, villa a la que sigo vinculado al igual que con Madrid, que siempre la considero mi ciudad eterna y me siento tan gato como el que más. Mis abuelos vivieron en ella, ya que mi abuelo militar, y así su hijo alternó su hacer social con dicha capital. Pero soy y me siento castellonero. Deciros para que os hagais una idea que el tono de llamada de mi móvil son las campanas del Fadrí y que esta página navega en una botella internauta por mi mar Mediterráneo, que veo más lejano o más cercano según transcurre el año. Tuve tres hermanos, un padre y una madre, muchos tíos y tías, primos, después sobrinos… algunos mucho mayores que yo. No puedo cerrar esta enumeración sin mencionar a mi tata, que siempre estuvo a nuestro lado. Durante este instante, casi he cruzado la barrera del tiempo en sentido inverso, casi he olvidado que hoy muchos han fallecido, para ser sinceros casi todos, pero llegaron los hijos de mi hermana y de mis primos y primas y fueron llenando las sillas vacías que ellos dejaron. Junto a ellos, amigos de mis padres, de mis abuelos. Incluso salí de marcha por Valencia-es verdad-con una amiga de mi bisabuela.

Con tanto familiar no creerán que mi vida fue fácil. Cargué de obligaciones y deberes incluso del siglo XIX, que arrastro con dignidad. Acepto los tratamientos, símbolos y escudos que de ellos recibo y en la medida de lo posible, sin ahogar, quiero transmitir modosamente.

Esta es mi cuna, demuestro antepasados por cuatro costados, es decir tengo 8 tatarabuelos y 8 tatarabuelas, todos y todas con sus respectivos árboles y genealogías. Esta es mi familia. Fijaros cuantos descendientes y con muchos aún mantengo relación: españoles, castellanos, navarros, andaluces, ceutis, italianos, portugueses, franceses… Fui creciendo de la mano de mamá, de mis queridas tías y de mi tata, las cuales ocupan un espacio al igual que mis primos mayores, que los, las veía viejísimos, viejísimas. Crecí, claro, con mi hermana María-José, con Roberto que murió muy pronto y fue, es, el ausente, el ángel de la familia. Daros cuenta con tanta familia, la de historias y leyendas que puedo yo saber. Algunas transmito, otras dejaré que las descubran los que me sucedan cuando llegue el momento.

Y llegaron los amigos y los colegios. No fui un niño inteligente, ni tan siquiera ahora he conseguido serlo. Fui intuitivo, y tuve “una suerte de cañón”. De mis amigos, de mis amigas guardo un grato recuerdo, sé que muchos partieron para no volver mas. También supe aprender a saber que encontraré otros y otras que cubrirán o saciaran el sentimiento de amistad. Siempre que escribo acerca de la amistad suena, “a lo lo lejos” com diría Neruda una canción y un verso: “qué bonito es decir amigo”. Hoy puedo decir que estoy rodeado de amigas y amigos brillantes, en distintas modalidades pero brillantes.

Recuerdo los veranos en Ceuta y Vitoria. Fijaros de punta a punta y qué culturas tan diferentes: la marroquí, el inglés por Gibraltar, la españolísima por Ceuta y teniendo a mi abuela Victoria malagueña, de veranos en la playa de Los Palos y en la calle Larios, me pregunto qué voy a dejar de sentir propio de Andalucía.

El norte era, es, otra cosa: mas serio. Como anécdota contaré que por las mañanas cuando estábamos en Gasteiz acudíamos al camposanto donde yacía Papapaco, “caballa” de cuna, que desde 1430 encuentra antepasados portugueses, gallegos, pamplonicas, socovos y de Ocaña y que terminó sus días custodiado por los monjes cartujos donde permaneció enterrado varios años. De cuando lo visitábamos siempre recordaré esas letanías de “hermanos morit abemus“, buena alegría me daban para el cuerpo. Sin embargo, aprendí a distinguir quién me da la mano, eso lo aprendí de ellos y de ellas, y hoy ya saludo igual a chicos que a chicas pero en aquellos tiempos un estrechón de manos era mucho. Era cosa de hombres.

En Castellón, con mi abuela María, de soca, “fogasa” de apodo, y un abuelo Roberto, descendiente de manchegos e italianos, alternaba mis veranos en Ceuta, donde el recuerdo de la vieja Villajovita con su torre aun recuerda las visitas de Agustina Doménech “de Aragón”. En Ceuta tuvimos a nuestros muchos antepasados y fueron enterrados y aun quedan en su basílica. A los otros nos los trajimos de tal forma que cuentan anécdotas recordadas aun en el Alfonso de Sevilla sobre nuestro paso por ella.

Vitoria, Alcocebre, Benafeli y Benicassim, siempre el mar. Aunque los domingos íbamos a un antigua finca familiar llamada “El colmenar” en las afueras de Castellón. Sus masoveros nos hablaban de los veranos que pasaron nuestra madre y nuestra tía allí, de los sin sabores de una guerra, como los de todas las guerras, de las noches de verano en las que incluso Tárrega tocó en ella y de la que aun conservamos la guitarra de esa espléndida velada. Bueno por conservar, como decía Alberti, “un sillón de cuero y el sable del abuelo que ganara mil batallas”. El Colmenar era una casona de silencios, del “brunzir de les avelles”. Habían muchos silencios, aun viviendo en una familia de la que llamaríamos vencedores, teníamos en nuestra mesa vencidos. De ellos si que aprendí respeto porque antes de las ideologías están los seres humanos, no por motivo de creencias o ideologías hay que rechazar a nadie. Pero eran tiempos de silencio, hoy también muchos de mis amigos del norte dicen que son tiempos de silencio.

Otra cosa eran los curas y las monjas. No os podéis imaginar a cuantos teníamos, si bien es cierto que algún Cardenal, Dean o superior de orden se encuentra entre mi familia, lo que era exagerado era la cantidad de monjas y curas que teníamos por entonces: franciscanos, carmelitas, de la consolación, misioneros, lo de las huchitas con los chinitos y las capillitas por cada santo… en casa teníamos una habitación oratorio porque algunos en sus viajes a Roma pernoctaban en casa. La verdad es que para tanto cura y tanta monja salimos muy bien mi hermana y yo. Hoy mi madre Maruja ve la misa por TV, todo es tan virtual. Menos mal que solo la misa es virtual en su vida porque si se hubiera echado también un novio virtual tendríamos a los psiquiatras en vez de los curas, aunque alguno hemos y tendremos. Mi padre, Pepe, con lo celoso que era ni virtual se lo hubiera permitido. La verdad es que estoy bajo la advocación de San Fermín, aunque se que en el pasado estuvimos bajo mantos y cristos los cuales conservo e incluso el de la buena muerte del puente de Cristo de Ceuta lo conservo en el oratorio de Marraixó, sito en tierras del maestrazgo, con las cuales percibo el final de su estancia.

Las bicicletas. La primera me la trajeron de Francia mis tíos que esperaba cada verano aparecer. Aun hoy cuando se acerca el verano sigo esperando a muchos de los que no vendrán.

Y cambiaron los tiempos. Los libros comprados a escondidas se empezaron a publicar, lo que decían los curas no era tan importante, los uniformes empezaron a no dejarse ver aunque la sombra de sus sables aún aguardaba.

Colegios no me faltaron. No pueden invitarme a ningún aniversario porque me invitarían a todos. Estuve en todos los colegios de Castellón, era un trasto pero un día tuve suerte y conocí a la directora de un colegio y mira, me cambiaron las cosas. Luego más tarde conocí a mi musa académica, la que me hizo salir de los salones y los barcos y meterme en las calles.

Marché a Madrid, bueno yo iba una o dos veces al mes con papá porque él tenía que ir por sus cuestiones. Fueron los tiempos de risas y estudios. Nunca podré olvidar ni Madrid ni mis compañeros de piso, ni mis amores y desamores.

Amores los tienen todos y todas. El primero fue un sueño, luego hubo otro que duró cinco años, otros después duraron menos. Al marchar encontré otros y otras, hasta que llegó la soledad y tras un largo periodo un despertar distinto locamente, pioneramente, rompedoramente descubrí el compartir fuera de esquemas típicos y soeces. Fueron escasos los primeros, otros largos y ahí estoy alargando, construyendo día a día el amor.

Creo y diré siempre que el amor no tiene ni sexo, ni edad, ni condición social. Hoy diré, añadiré que ni distancia, que se ha vuelto tan relativo que cada uno o cada una lo puede y debe vivir de forma distinta porque al igual que el tiempo y el espacio, el amor se ha transformado y en esa vorágine del día a día cada uno debe de intentar buscar su felicidad. Solo unas claves para ello: la libertad, el respeto y la independencia. Nadie puede vivir de nadie. Si esto se da, se le denomina parasitismo, y si la distancia es larga olvido.

Y regresé a Castellón. Aquel chaval que apareció con su “maleta roja” en el Madrid de los ochenta y que vivió intensamente la movida madrileña regresó frente al mar. Hubo años que no me quise acercar por Madrid. Quedaba con mis amigas y amigos de siempre, luego vinieron otros y aparecieron y desaparecieron unos, otros. Siempre tuve una cosa clara: a quien no me convenía sabia decirle adiós.

Y en este mar viví intensamente tales situaciones que adentrarnos en ella seria más propio de una película de psicosis que de una nota biográfica personal.

Lo que si que conservo son mis amigas y amigos que hice y mantengo en la Fundación que todos sobradamente sabéis de ella y no mencionaré para no separar mi vida profesional de la personal. Tampoco daré nombres porque de seguro alguno me dejo y no quiero cometer este desliz.

Pasaron los años y la vida profesional y familiar lo abarcó todo. Tuve una nueva familia. Tampoco adentrarme en ello quiero.

Hoy después de muchos años llevo una nueva vida social, soy quien soy, descendiente de cuatro costados, amigo de mis amigos y amigas quiero, deseo y amo al universo y a quien en el se encuentra. Deseo ser feliz y sé que fui afortunado en la vida y también que “nada me fue fácil”. Tengo, como todos, una doble vida: el que soy y el que me dicen que soy pero superado lo tengo todo ya, a estas alturas de la película. Pienso que lo importante es no creerse en la vida perfecto, ni fuerte, sino saber que cada día hay un nuevo campo que cultivar y querer para que nazca y se mantenga y que lo mas difícil es conservar lo que quieres. Difícil, pero no imposible. Dejadme que os cuente un secreto: he descubierto que mientras más quiero mas me quieren o me querrán. Y si no, si me equivoco, si estoy equivocado, me mandarán a hacer puñetas. Hoy que ya no existe el purgatorio hay que ser lo que se es aunque puedas ser a ratos lo que otros quieren que seas.

Y esta es mi biografía la que quiero que conozcáis, mi perfil. De seguro sé que muchos y muchas sabrán ubicarse, pero en todo el relato intenté no dar nombres. Darlos es olvidarse de alguno. Y la memoria bien engrasada no puede permitirse de esos lujos.

Con tanto familiar no creerán que mi vida fue fácil. Cargué de obligaciones y deberes incluso del siglo XIX, que arrastro con dignidad. Acepto los tratamientos, símbolos y escudos que de ellos recibo y en la medida de lo posible, sin ahogar, quiero transmitir modosamente.

Esta es mi cuna, demuestro antepasados por cuatro costados, es decir tengo 8 tatarabuelos y 8 tatarabuelas, todos y todas con sus respectivos árboles y genealogías. Esta es mi familia. Fijaros cuantos descendientes y con muchos aún mantengo relación: españoles, castellanos, navarros, andaluces, ceutis, italianos, portugueses, franceses… Fui creciendo de la mano de mamá, de mis queridas tías y de mi tata, las cuales ocupan un espacio al igual que mis primos mayores, que los, las veía viejísimos, viejísimas. Crecí, claro, con mi hermana María-José, con Roberto que murió muy pronto y fue, es, el ausente, el ángel de la familia. Daros cuenta con tanta familia, la de historias y leyendas que puedo yo saber. Algunas transmito, otras dejaré que las descubran los que me sucedan cuando llegue el momento.

Y llegaron los amigos y los colegios. No fui un niño inteligente, ni tan siquiera ahora he conseguido serlo. Fui intuitivo, y tuve “una suerte de cañón”. De mis amigos, de mis amigas guardo un grato recuerdo, sé que muchos partieron para no volver mas. También supe aprender a saber que encontraré otros y otras que cubrirán o saciaran el sentimiento de amistad. Siempre que escribo acerca de la amistad suena, “a lo lo lejos” com diría Neruda una canción y un verso: “qué bonito es decir amigo”. Hoy puedo decir que estoy rodeado de amigas y amigos brillantes, en distintas modalidades pero brillantes.

Recuerdo los veranos en Ceuta y Vitoria. Fijaros de punta a punta y qué culturas tan diferentes: la marroquí, el inglés por Gibraltar, la españolísima por Ceuta y teniendo a mi abuela Victoria malagueña, de veranos en la playa de Los Palos y en la calle Larios, me pregunto qué voy a dejar de sentir propio de Andalucía.

El norte era, es, otra cosa: mas serio. Como anécdota contaré que por las mañanas cuando estábamos en Gasteiz acudíamos al camposanto donde yacía Papapaco, “caballa” de cuna, que desde 1430 encuentra antepasados portugueses, gallegos, pamplonicas, socovos y de Ocaña y que terminó sus días custodiado por los monjes cartujos donde permaneció enterrado varios años. De cuando lo visitábamos siempre recordaré esas letanías de “hermanos morit abemus“, buena alegría me daban para el cuerpo. Sin embargo, aprendí a distinguir quién me da la mano, eso lo aprendí de ellos y de ellas, y hoy ya saludo igual a chicos que a chicas pero en aquellos tiempos un estrechón de manos era mucho. Era cosa de hombres.

En Castellón, con mi abuela María, de soca, “fogasa” de apodo, y un abuelo Roberto, descendiente de manchegos e italianos, alternaba mis veranos en Ceuta, donde el recuerdo de la vieja Villajovita con su torre aun recuerda las visitas de Agustina Doménech “de Aragón”. En Ceuta tuvimos a nuestros muchos antepasados y fueron enterrados y aun quedan en su basílica. A los otros nos los trajimos de tal forma que cuentan anécdotas recordadas aun en el Alfonso de Sevilla sobre nuestro paso por ella.

Vitoria, Alcocebre, Benafeli y Benicassim, siempre el mar. Aunque los domingos íbamos a un antigua finca familiar llamada “El colmenar” en las afueras de Castellón. Sus masoveros nos hablaban de los veranos que pasaron nuestra madre y nuestra tía allí, de los sin sabores de una guerra, como los de todas las guerras, de las noches de verano en las que incluso Tárrega tocó en ella y de la que aun conservamos la guitarra de esa espléndida velada. Bueno por conservar, como decía Alberti, “un sillón de cuero y el sable del abuelo que ganara mil batallas”. El Colmenar era una casona de silencios, del “brunzir de les avelles”. Habían muchos silencios, aun viviendo en una familia de la que llamaríamos vencedores, teníamos en nuestra mesa vencidos. De ellos si que aprendí respeto porque antes de las ideologías están los seres humanos, no por motivo de creencias o ideologías hay que rechazar a nadie. Pero eran tiempos de silencio, hoy también muchos de mis amigos del norte dicen que son tiempos de silencio.

Otra cosa eran los curas y las monjas. No os podéis imaginar a cuantos teníamos, si bien es cierto que algún Cardenal, Dean o superior de orden se encuentra entre mi familia, lo que era exagerado era la cantidad de monjas y curas que teníamos por entonces: franciscanos, carmelitas, de la consolación, misioneros, lo de las huchitas con los chinitos y las capillitas por cada santo… en casa teníamos una habitación oratorio porque algunos en sus viajes a Roma pernoctaban en casa. La verdad es que para tanto cura y tanta monja salimos muy bien mi hermana y yo. Hoy mi madre Maruja ve la misa por TV, todo es tan virtual. Menos mal que solo la misa es virtual en su vida porque si se hubiera echado también un novio virtual tendríamos a los psiquiatras en vez de los curas, aunque alguno hemos y tendremos. Mi padre, Pepe, con lo celoso que era ni virtual se lo hubiera permitido. La verdad es que estoy bajo la advocación de San Fermín, aunque se que en el pasado estuvimos bajo mantos y cristos los cuales conservo e incluso el de la buena muerte del puente de Cristo de Ceuta lo conservo en el oratorio de Marraixó, sito en tierras del maestrazgo, con las cuales percibo el final de su estancia.

Las bicicletas. La primera me la trajeron de Francia mis tíos que esperaba cada verano aparecer. Aun hoy cuando se acerca el verano sigo esperando a muchos de los que no vendrán.

Y cambiaron los tiempos. Los libros comprados a escondidas se empezaron a publicar, lo que decían los curas no era tan importante, los uniformes empezaron a no dejarse ver aunque la sombra de sus sables aún aguardaba.

Colegios no me faltaron. No pueden invitarme a ningún aniversario porque me invitarían a todos. Estuve en todos los colegios de Castellón, era un trasto pero un día tuve suerte y conocí a la directora de un colegio y mira, me cambiaron las cosas. Luego más tarde conocí a mi musa académica, la que me hizo salir de los salones y los barcos y meterme en las calles.

Marché a Madrid, bueno yo iba una o dos veces al mes con papá porque él tenía que ir por sus cuestiones. Fueron los tiempos de risas y estudios. Nunca podré olvidar ni Madrid ni mis compañeros de piso, ni mis amores y desamores.

Amores los tienen todos y todas. El primero fue un sueño, luego hubo otro que duró cinco años, otros después duraron menos. Al marchar encontré otros y otras, hasta que llegó la soledad y tras un largo periodo un despertar distinto locamente, pioneramente, rompedoramente descubrí el compartir fuera de esquemas típicos y soeces. Fueron escasos los primeros, otros largos y ahí estoy alargando, construyendo día a día el amor.

Creo y diré siempre que el amor no tiene ni sexo, ni edad, ni condición social. Hoy diré, añadiré que ni distancia, que se ha vuelto tan relativo que cada uno o cada una lo puede y debe vivir de forma distinta porque al igual que el tiempo y el espacio, el amor se ha transformado y en esa vorágine del día a día cada uno debe de intentar buscar su felicidad. Solo unas claves para ello: la libertad, el respeto y la independencia. Nadie puede vivir de nadie. Si esto se da, se le denomina parasitismo, y si la distancia es larga olvido.

Y regresé a Castellón. Aquel chaval que apareció con su “maleta roja” en el Madrid de los ochenta y que vivió intensamente la movida madrileña regresó frente al mar. Hubo años que no me quise acercar por Madrid. Quedaba con mis amigas y amigos de siempre, luego vinieron otros y aparecieron y desaparecieron unos, otros. Siempre tuve una cosa clara: a quien no me convenía sabia decirle adiós.

Y en este mar viví intensamente tales situaciones que adentrarnos en ella seria más propio de una película de psicosis que de una nota biográfica personal.

Lo que si que conservo son mis amigas y amigos que hice y mantengo en la Fundación que todos sobradamente sabéis de ella y no mencionaré para no separar mi vida profesional de la personal. Tampoco daré nombres porque de seguro alguno me dejo y no quiero cometer este desliz.

Pasaron los años y la vida profesional y familiar lo abarcó todo. Tuve una nueva familia. Tampoco adentrarme en ello quiero.

Hoy después de muchos años llevo una nueva vida social, soy quien soy, descendiente de cuatro costados, amigo de mis amigos y amigas quiero, deseo y amo al universo y a quien en el se encuentra. Deseo ser feliz y sé que fui afortunado en la vida y también que “nada me fue fácil”. Tengo, como todos, una doble vida: el que soy y el que me dicen que soy pero superado lo tengo todo ya, a estas alturas de la película. Pienso que lo importante es no creerse en la vida perfecto, ni fuerte, sino saber que cada día hay un nuevo campo que cultivar y querer para que nazca y se mantenga y que lo mas difícil es conservar lo que quieres. Difícil, pero no imposible. Dejadme que os cuente un secreto: he descubierto que mientras más quiero mas me quieren o me querrán. Y si no, si me equivoco, si estoy equivocado, me mandarán a hacer puñetas. Hoy que ya no existe el purgatorio hay que ser lo que se es aunque puedas ser a ratos lo que otros quieren que seas.

Y esta es mi biografía la que quiero que conozcáis, mi perfil. De seguro sé que muchos y muchas sabrán ubicarse, pero en todo el relato intenté no dar nombres. Darlos es olvidarse de alguno. Y la memoria bien engrasada no puede permitirse de esos lujos.

Esta entrada fue publicada en Biografía personal, Personal. Guarda el enlace permanente.

Los comentarios están cerrados.