Aromas en la cocina tradicional de ORDINO: Casa ARANS

Paseando, recorriendo caminos que no sabes si descansas o huyes, recuerdo tiempos donde las palabras tenían respeto y las dudas no formaban parte del adiós.

Andando por sendas del hierro, frío en un verano, lluvia, color verde, sabor a tierra mojada, olor a verde, verdes pinos, verdes abetos, campos verdes que acompañan e impiden enfrentarse al silencio porque son ellos parte del dialogo, de la comunicación del habla que nos acompaña.

Y más cuando cumples más de 50 y sabes que no te quema media vida, como máximo un cuarto de siglo, y tienes que vivir intensamente desde la más absoluta tranquilidad que te pueden dar los años y los proyectos.

Incertidumbre del futuro del mañana.

Y en ese caminar sin camino, encontramos en la localidad de Ordino, en la siempre querida Andorra. Un pequeño restaurante afrancesado, pirenaico, con sus cortinas, sus mesas junto a las cristaleras, manteles a cuadros, aroma de espliego, romero, y velas en la mesa, flores, una sonrisa que se acerca, acompañada de la seriedad que dan las altas montañas, que da el silencio del vivir en un valle, de la nieve, del viento, de las hojas secas de un otoño cuando no se sabe si es verano o invierno, esperando la anhelada primavera de los campos o de sus vidas.

Así describiría quien nos acogió en el restaurante Arans: familiar, temeroso de su futuro, hospitalario pero seco.
En definitiva, un lugar para sentirse a gusto, tomar un buen vino, gozar de sus aguas y de su maravillosa comida.
Una magnífica sopa de huesos de vaca, con su gallina y trozos de huevo, te hace de entrada cuando el frío del verano despierta improvisadamente.

Caracoles a la “llanda”, un plato catalán como francés. Exquisito. Saborearlos es sentir la sal rompiéndose en los labios –introducida por el caracol- aromatizados con romero y tomillo.

Un bacalao con escalibada, perfectamente desalado y cocinado al horno con su patata, pimiento y cebolla, acompañado con ajo y aceite.

Y por último, un arroz con setas, conejo y pimienta picante. Ese toque atrevido, juguetón que rompe con la seriedad de la seta y da al arroz un sabor diferente, transgresor. Un poco caldoso, lo justo para que se seque al servir y finalices el plato con la sobriedad del arroz al punto, sin aceite, con el color que le da la seta y la pimienta.

Me diréis, cómo puede haber diálogo con tal plato sin diseño, tradicional, sencillo y con una máxima elegancia de sabores y aromas que acompañan cada plato.

Creo que los cocineros no son conscientes de la riqueza que tienen entre sus manos, el valor de la cocina tradicional, sencilla y exquisita.

Amigos y amigas, no dejéis de parar por Casa Arans en Ordino. En esa tierra ni francesa ni española, que es Andorra.

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