EL VERANO DEL AÑO 11

No podremos pensar que fue un verano tranquilo, las discusiones soeces, la convivencia, la decrepitud de la bolsa, el anuncio de unas elecciones anticipadas como el que se cree que adelanta un viaje o una partida, la hambruna en el cuerno de África. Los jóvenes del 15M, las actuaciones policiales, el líder de la iglesia mayoritaria…

En fin, un verano movido. Espero con impaciencia la última semana de agosto, en que se decreten medidas para paliar tantas incoherencias.

También me ha sorprendido que parece que se han dado cuenta de quienes son los ejes de la crisis. Parecía que éramos los ciudadanos y el derroche de la administración (algo de culpa tenemos), pero ya dan dos nombres de sectores: la banca y el inmobiliario, aunque haya sido un esfuerzo el reconocerlo.

Pero no quiero hablar de ello. Quiero hablar de mi viaje. Sí, yo también viajo. Soy una persona normal, de éstas que en el mes de agosto se buscan una semana para viajar, de esas que te lo pagas todo: el billete, los hoteles, las comidas… Pero también, en la mayoría de los casos, no tienes reuniones, ni actos protocolarios, ni el teléfono de trabajo suena ni lo haces sonar (con que la factura espero que disminuya). Pues sí, un viaje, podríamos decir, que al corazón de una tierra mítica donde los pensamientos toman la velocidad de la existencia y te hacen pensar, sentir, reflexionar. Un viaje en la cuna del pensar de esa mitología que llega al corazón de los personajes. También de una tierra, no sólo de pensamientos y filosofía, sino de arte, de belleza, de danza, de mar. De ese mar que siempre me acompaña y supo poner en comunicación la cultura del negocio.

Un viaje de los que se planifican, se viven y luego se escribe de ellos. Se guardan sus fotos, quizá la música que se adquirió, los aromas que traes, las especies que encuentras para condimentar platos que enriquecen nuestra sociabilidad, nuestra diversidad. La figura de bronce que da vueltas y cuando la haces girar su tacto te transporta al corazón de la danza, del movimiento. El traer recuerdos a quien quieres. Eso es viajar: prepararse un trayecto. Yo me dejé llevar y plenamente acertó quien lo planificó. Nosotros lo vivimos, los que estuvimos y lo hicimos vivir al contarlo, al escribirlo. Puedo decir que me sentí feliz, pensando, compartiendo cada momento, el sonido del mar, las miradas, el aroma. También ver como otras personas se divertían, analizando desde la más absoluta inocencia el porqué de sus bailes, de su forma de relacionarse, de su música compensada por la música que iba incluida en la planificación del viaje.

Navegamos por unos mares donde la elegía y la tragedia nacieron y dieron un giro a la poesía. Nos acompañaron los héroes, los filósofos, los guerreros, como si quisieran retener el tiempo o retroceder, o simplemente revivir lo que el tiempo no pudo zanjar. Me acompañó el sentimiento de lucha de tantas personas que dieron su vida por la independencia y la libertad. Y pudimos compartir con otras personas que no quisiéramos perder, el descubrir nuevos ángulos para tomar una foto, porque la realidad no siempre es igual para quien la ve.

Como siempre, cuando viajo, busco y casi siempre encuentro un ejemplar del “Quijote” en la lengua del país. En este caso fueron dos lenguas muy difíciles de entender y más para “quien Dios no quiso darle el arte de las lenguas”. Y abriendo sus hojas me hacen recordar su comienzo o pensar en aquellas frases tan magníficamente escritas, que puedo leer y releer muchas veces. Y me acordé de una cuando se dirige hacia Sancho y le dice, o más bien le pregunta: “¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?”.

Pues no, pero también siento que entramos en unos tiempos donde trasformaremos ese concepto de viajar tan generalizado. Entramos en unos tiempos difíciles: agosto del año 11 será el antes y el después de una forma de vivir. Quizá, como decíamos en la cena de hace unos días, somos la ultima generación de la opulencia, la generación que vivimos mejor que nuestros padres, por desgracia la generación que nos sigue después de muchos siglos será la que vivirá peor que nosotros. Pero no por ello deben de dejar de ser felices. Tendrán que buscar nuevos trabajos, dominar distintas lenguas, adaptarse a funciones que no contemplaban y empezar a trabajar y a formarse a ritmos veloces.

Ya lo hicieron o lo hicimos nosotros en nuestra época. En este viaje recordé que mi primer verano de licenciado ya estaba trabajando más de 11 horas al día, y me dio tiempo para fundar aquello en lo que aún hoy estoy trabajando. Y que llegue, continúe y miro hacia el futuro, y veo aún que tengo mucho por que luchar. Y, lo más bonito, que aún me quedan fuerzas. Y algo más bello, que tengo ilusión.

Si la ilusión de Ulises cuando parte de Ítaca, o la de Platón, o la de Lord Byron. Me acompañaron tantas personas en este viaje que nunca me sentí tan agasajado. No podía imaginarme que un libro que me regalaron antes de partir me pudiera hacer revivir en sus propias tierras la capacidad de pensar, la que no quisiera perder.

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